El camino hacia el almacén 47 fue una tormenta de velocidad y decisiones letales. Alessandro no conducía; él dominaba el asfalto. Había movilizado a sus hombres más leales, omitiendo intencionalmente a la guardia de Dante para asegurar la velocidad y la discreción, aunque la lealtad de su tío se había demostrado firme. Su mente era una calculadora fría, pero su pecho ardía. No era solo rabia; era un miedo primitivo por la pérdida de algo que había reclamado como suyo.
—Dante, necesito que uses