51. Quejas detrás de una celda
Algunos exigían su ejecución inmediata, otros pedían que la encerraran en los calabozos y la dejaran pudrirse en la oscuridad. Pero Celeste no mostró miedo, solo una determinación férrea que incluso Alexander no pudo evitar notar.
Entraron al palacio, donde el aire era más frío, impregnado de incienso y mármol reluciente. Los pasillos resonaban con los pasos firmes de los soldados, mientras Alexander avanzaba con el peso de la victoria sobre sus hombros. Sabía que su padre, el rey, lo recibiría