Me besó. No fue un beso, fue un ataque. Sus labios estaban hirviendo y buscaban los míos con una voracidad que me rompió por dentro. La cordura de la que yo tanto alardeaba se desintegró bajo el chorro de agua fría. Si ella quería el infierno, yo la llevaría allí personalmente.
Le arranqué los pantalones de cuero, que salieron con dificultad por la humedad, dejándola solo con un pequeño trozo de encaje negro. La levanté y la pegué contra la pared de mármol. Sus piernas se enredaron en mi cintur