Dominic Blackwood
El viento del Támesis arrastraba un frío que calaba hasta los huesos, pero el incendio que rabiaba en mi pecho me mantenía de pie. La dirección me había llevado a una antigua fundición abandonada en Greenwich, un esqueleto de hierro y ceniza que parecía el lugar perfecto para un sacrificio. Entré solo, con los brazos en alto, sintiendo el peso de la Beretta en mi cintura como una carga inútil. Sabía que, en el momento en que pusiera un pie dentro, las reglas ya no serían mías.