Dominic Blackwood
El eco de la celebración en la azotea se había desvanecido, dejando solo el silencio vibrante de nuestra habitación en la mansión. El anillo en el dedo de Chloe destellaba bajo la luz tenue de las lámparas de sal, un recordatorio constante de que, a partir de esta noche, no había vuelta atrás. Ella era mía en todos los sentidos legales y espirituales que el hombre ha inventado.
La alcé en mis brazos, sintiendo su peso ligero y su calor traspasando la seda de su vestido. Cuando