El amanecer trajo consigo el crujido metálico de las espuelas y el relincho de los caballos apostados en la linde de nuestra propiedad, marcando el inicio de un asedio que no buscaba derribar muros con cañones, sino asfixiar nuestras esperanzas con el aislamiento. Aranda había cumplido su palabra, y ahora, una decena de guardias con uniformes grises patrullaba el camino principal, prohibiendo la entrada de cualquier joven que no tuviera un pase sellado por la intendencia de la capital. Me asomé