El amanecer trajo consigo el crujido metálico de las espuelas y el relincho de los caballos apostados en la linde de nuestra propiedad, marcando el inicio de un asedio que no buscaba derribar muros con cañones, sino asfixiar nuestras esperanzas con el aislamiento. Aranda había cumplido su palabra, y ahora, una decena de guardias con uniformes grises patrullaba el camino principal, prohibiendo la entrada de cualquier joven que no tuviera un pase sellado por la intendencia de la capital. Me asomé por la ventana de la buhardilla, viendo cómo el sol iluminaba las bayonetas caladas, y sentí que nuestra querida escuela, ese lugar que olía a resina y a futuro, se estaba convirtiendo en una isla de piedra rodeada por un mar de desconfianza.
—No podemos dejar que las aulas se queden vacías, Dante, porque el día que dejemos de enseñar será el día en que Aranda habrá ganado la guerra sin disparar un solo tiro —le dije, mientras bajaba a la cocina y encontraba a mi compañero afilando una sierra