CAPITULO 22

El amanecer se presentó con una quietud extraña, una de esas calmas que no traen paz sino un presagio pesado que se te pega a la piel como el polvo del camino, y cuando salí al patio de la escuela, lo primero que noté no fue algo que viera, sino algo que faltaba. El murmullo constante del arroyo que bajaba de las cumbres, ese sonido que había sido la banda sonora de nuestros días y el consuelo de nuestras noches, se había apagado por completo, dejando tras de sí un silencio antinatural que hacía que el aire se sintiera más rancio y difícil de tragar. Caminé hacia el borde de la acequia que alimentaba nuestro huerto y mis sospechas se confirmaron al ver el lecho de piedras desnudas, cubiertas de un lodo que empezaba a cuartearse bajo los primeros rayos de un sol que prometía ser implacable.

​—Dante, despierta, Aranda ha movido su ficha más cobarde —grité hacia la ventana del piso superior, mientras sentía que la ira me subía por la garganta como una marea caliente que amenazaba con nub
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