El amanecer se presentó con una quietud extraña, una de esas calmas que no traen paz sino un presagio pesado que se te pega a la piel como el polvo del camino, y cuando salí al patio de la escuela, lo primero que noté no fue algo que viera, sino algo que faltaba. El murmullo constante del arroyo que bajaba de las cumbres, ese sonido que había sido la banda sonora de nuestros días y el consuelo de nuestras noches, se había apagado por completo, dejando tras de sí un silencio antinatural que hací