El sonido del mar golpiendo suavemente la orilla, era lo único que rompía el silencio de la habitación. Otto Zeller despertó solo, enredado entre sábanas blancas de lino, sudado, la boca seca, y el pecho latiendo con fuerza como si hubiese corrido un maratón.
Llevó la mano a su cabeza y gimió.
—¿Qué mierda...? —murmuró, sentándose a medias.
Reconoció su cama, su cuarto, el enorme ventanal que daba directo a la playa. Pero no recordaba cómo había llegado ahí. Lo último que tenía claro era el olo