Mansión Segura de Gabriela – Afueras de Houston.
El amanecer se filtraba a través de las persianas blindadas de la mansión segura, tiñendo la habitación principal de un naranja suave que contrastaba con la oscuridad que anidaba en el pecho de Gabriela Rivera. Se sentó en el borde de la cama king size, las sábanas de seda arrugadas a su alrededor como testigos mudos de otra noche de insomnio. El aire era fresco, regulado por el sistema de ventilación, pero ella sentía un frío interno que nada podía disipar. Desde la confrontación con Valeria Herrera —la infiltrada capturada, hija ilegítima de Luis, que había revelado la corrupción de sus padres— Gabriela no había encontrado paz. "Tus padres no eran santos", había dicho Valeria con una sonrisa cruel, entregando los Archivos Richard como una bomba de relojería. Documentos escaneados que probaban lo impensable: Richard y Eleanor Rivera, fundadores de Ápex, habían lavado dinero para el cártel de Luis Herrera. Pozos petroleros ficticios, co