La noche romana se extendía como un manto de terciopelo sobre la ciudad. Berlín, con el corazón acelerado, observaba cómo la luz del atardecer se filtraba por las ventanas de su apartamento, pintando la habitación con tonos cálidos y suaves. Esta noche era especial. Jazmín, su musa, su refugio, se iría en unos días y quería que cada segundo contara. Estaba tan enamorado y entregado a ella.
Había pasado horas preparando una cena romántica: velas parpadeantes creaban una atmósfera íntima, pétalos