Él no tenía nombre. No reconocía la ropa rota, ni el tipo de arma que ese dia llevaba, ni las heridas que marcaban su espalda y su costado. El conductor que lo encontró —un pescador que vio un auto incrustado en la orilla y que creyó que la noche le exigía un milagro— lo había visto apenas con vida y lo había sacado del agua. Lo llevaron envuelto en una manta, con la sangre congelada por la lluvia y los labios azules, su respiracióneracada vezmás débil.
Los médicos hicieron su oficio: vendajes,