―No, lo juro. ―Ana retrocedió. ―La pulsera encendía la luz porque es un dispositivo de alarma, no de rastreo. ―Gabriel apretó los dientes, ¿cómo no se lo imaginó? Ese imbécil nunca deja nada al azar, está tan enfermo que es capaz de ponerle rastreador a lo que sea que ella lleve puesto.
―Bien, si no es un rastreador, entonces podrás dármelos. ―Le tendió la mano. ―Hazlo, chica fuego, no quiero iniciar esta relación con una pelea. ―Ana, con manos temblorosas, se las llevó a los pendientes y neg