Eirin no había podido dormir. La imagen de Ethan inclinándose sobre ella en su despacho, rozó la piel de sus dedos, fue mínima pero el efecto voló los sentidos de lo racional por el efecto que jamás había experimentado con nadie. Esa sensación seguía adherida a sus pensamientos como una marca indeleble. Aquel leve roce accidental —o no tan accidental— de sus manos había encendido una chispa dentro de ella, una que no lograba apagar. Se había aferrado a la almohada durante horas, girando en la c