El espejo del baño aún retenía la huella de su respiración agitada. Ethan se apoyó en el lavamanos de mármol, con los nudillos blancos por la presión, mientras el recuerdo del beso lo atravesaba como un puñal al rojo vivo. Cerró los ojos. No para olvidarla. Sino para revivirla.
—¿Qué demonios estás haciendo? —gruñó a su reflejo—. No es solo una mujer. Es su maldita esposa.
Se enjuagó el rostro, como si el agua pudiera desaparecer el deseo que aún lo abrazaba. Tenía la camisa arrugada, los prime