El silencio en el town house donde Orestes decidió llevar a Eirin luego de que le dieron el alta era ensordecedor, cada rincón de la casa respiraba la tensión acumulada de los últimos días. El sonido del viento azotando las ventanas era lo único que rompía la quietud, y fuera de ella, el mundo parecía moverse con una calma inquietante. Dentro de la habitación donde Eirin estaba descansando, Orestes no podía dejar de mirarla. Su respiración seguía estable, pero la fragilidad de su cuerpo le reco