Como en un ritual perverso ya ensayado otras veces, Orestes le otorgó a Eirin una fugaz y engañosa sensación de libertad. Apenas unos segundos. Fueron suficientes para que ella creyera, por un instante, que él se había marchado del todo. Que el aire denso de la casa podía ser disipado con una bocanada de brisa, con una apertura simbólica del mundo exterior.
Se acercó al ventanal con pasos silenciosos pero tensos. Sus manos temblaban ligeramente mientras deslizaba los seguros metálicos. El crist