Al día siguiente, comenzaba a anochecer y Eirin permanecía en el suelo, con las piernas recogidas contra el pecho y la frente apoyada sobre las rodillas. El silencio en el departamento era denso, solo interrumpido por el sonido lejano del tráfico filtrado a través de la ventana entreabierta. Sentía la piel pegajosa de sudor frío, y la respiración entrecortada le dificultaba pensar.
El peso de las últimas palabras de Orestes flotaba en el aire como una maldición suspendida.
«Vestida como sabes