Mundo ficciónIniciar sesiónEl reloj avanzaba sin piedad, convirtiendo cada segundo en una tortura. Habían pasado tres días desde la desastrosa boda en el Waldorf Astoria.
Emma había asistido a esa fiesta con un solo objetivo: acorralar a su padre frente a sus socios y exigirle el pago del hospital.
Pero el plan se había derrumbado al llegar y descubrir que el muy cobarde ni siquiera se había presentado a entregar a su hijastra en el altar, escudándose en un supuesto viaje de negocios de última hora fuera del país.
Ahora, sin esa opción, el cansancio de Emma era tan profundo que le calaba en los huesos.
Sus noches se consumían en la fría sala de espera del Hospital Mount Sinai y sus días en el pequeño y sofocante cubículo de la agencia inmobiliaria donde trabajaba como asistente administrativa.
Seguía buscando desesperadamente un préstamo, una extensión, cualquier milagro que le permitiera reunir los doscientos cincuenta mil dólares que le exigía el médico.
Sin embargo, todas las puertas se le cerraban en la cara. Y ella sabía perfectamente de quién era la culpa.
—Emma, a mi oficina. Ahora.
La voz áspera de su jefe, el señor Davis, la sacó de sus cálculos financieros.
Emma suspiró y alisó su modesta falda de tubo.
El estómago se le encogió. Sabía que en los últimos días había estado distraída, agotada por las noches sin dormir en el hospital.
Si perdía este empleo, por miserable que fuera el sueldo, sería el fin definitivo.
Entró al despacho preparándose para lo peor. Davis estaba de pie frente al ventanal, frotándose el rostro, pero no parecía enojado; parecía un hombre que acababa de ver un fantasma.
—Siéntate —ordenó él en un susurro, girándose lentamente y apoyando ambas manos sobre el escritorio—. Acabo de colgar el teléfono. Ha sido la llamada más surrealista de toda mi carrera.
Emma tensó la mandíbula al instante, esperando el golpe.
—Señor Davis, sé que mi rendimiento esta semana no ha sido el mejor, pero le juro que mi madre está...
—No te llamé para reprenderte, Emma —la interrumpió el jefe, mirándola con los ojos desorbitados—. La Corporación Altamirano acaba de enviar a su equipo legal para firmar una alianza multimillonaria con nosotros.
Emma se quedó sin aire.
—¿La... la Corporación Altamirano? —balbuceó, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
—Van a inyectar capital suficiente para abrir tres sucursales nuevas y nos acaban de dar la exclusividad de todos sus proyectos inmobiliarios residenciales —continuó Davis, con una risa nerviosa y casi histérica escapando de sus labios—. Nos salvaron la década entera. Pero... la condición para firmar este contrato fue extremadamente específica.
Davis empujó una elegante carpeta de cuero negro a través del escritorio hasta que quedó frente a ella.
—La única cláusula innegociable de Altamirano es que a partir de este preciso segundo, eres ascendida a Directora de Cuentas Exclusivas. Tendrás tu propia oficina, un aumento del doscientos por ciento de tu salario y, por contrato, tu puesto en esta agencia es absolutamente intocable. Yo ya no soy tu jefe, Emma. Ahora le reportas directamente a la corporación de él.
Emma salió de la oficina de Davis caminando en automático. El corazón le latía a mil por hora, retumbándole en los oídos.
Nicolás Altamirano había intervenido en su vida.
Sin pedirle absolutamente nada a cambio, sin esperar a que ella cayera, él simplemente había movido un dedo para asegurarle un futuro, protegiéndola desde las sombras y dándole el respeto que ella merecía.
Llegó a su modesto cubículo, dispuesta a recoger sus cosas para mudarse a su nueva y lujosa oficina, pero se quedó paralizada en la entrada.
Ocupando casi toda la superficie de su aburrido y gris escritorio, había algo que definitivamente no pertenecía a ese lugar.
Era un inmenso y espectacular ramo de rosas rojas, de un color tan profundo y vivo que parecía latir bajo la fría luz del techo.
Emma se acercó con pasos temblorosos, cautivada por el suave aroma que impregnaba el aire. Al inclinar el rostro, notó que entre los aterciopelados pétalos descansaba una pequeña y gruesa tarjeta negra, sin logotipos ni membretes. Solo tenía una frase escrita a mano, con trazos fuertes y elegantes:
“El orgullo no te protege de los cobardes. En cambio, yo te puedo proteger siempre, Nicolás.”
Emma rozó uno de los pétalos con la yema de los dedos, sintiendo un extraño y abrumador calor expandirse por su pecho.
Él le había dado su espacio la noche de la boda, pero con ese golpe de poder absoluto le estaba dejando terriblemente claro que no la iba a soltar.







