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Capítulo 7. El Heredero Altamirano.

Emma mantenía su dedo acusador en alto, con la respiración agitada y la mirada ardiendo.

Lejos de intimidarse, Nicolás bajó la vista hacia la mano de ella y luego volvió a mirarla a los ojos. Una sonrisa lenta y atractiva se dibujó en su rostro.

—No suelo permitir que nadie me levante la voz, y mucho menos que me apunte con el dedo, Emma —murmuró, aunque su tono no denotaba enojo, sino una profunda e inusual fascinación.

Con absoluta calma, metió la mano en el bolsillo interior de su saco, sacó su teléfono y deslizó el pulgar por la pantalla un par de veces antes de tenderle el aparato.

—Lee.

Emma frunció el ceño, recelosa, pero tomó el teléfono.

La pantalla mostraba la portada digital de la revista Forbes de esa misma semana.

Había una fotografía en primer plano del hombre que tenía enfrente, luciendo un traje impecable y una mirada que destilaba poder absoluto. El titular en letras gruesas rezaba:

«Nicolás Altamirano: El titán que consolida el consorcio empresarial más poderoso de Manhattan».

El aire abandonó los pulmones de Emma.

Nicolás Altamirano.

El enorme logo dorado en el lobby del edificio. El ascensor privado sin botones que subía directo al penthouse.

El despacho monumental, el equipo de estilistas de élite a su entera disposición, el terror de Rodrigo...

De pronto, todas las piezas encajaron con la fuerza de un ventarrón.

Se había equivocado de puerta en la agencia de talentos y se había colado en la oficina del hombre más poderoso de Nueva York.

—Eres el dueño de la corporación Altamirano —susurró ella, devolviéndole el teléfono como si quemara—. No eres ningún actor. Me dejaste creer que te había alquilado.

—Entraste a mi despacho privado exigiéndome a gritos ser tu novio falso —respondió Nicolás, guardando el móvil con total naturalidad—. Necesitabas un hombre que destrozara a tus enemigos esta noche. Yo necesitaba una excusa para evadir el absurdo ultimátum de mi familia sobre mi soltería. Me pareció una coincidencia sumamente oportuna.

Emma dio un paso atrás, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Tu familia? ¿De qué estás hablando?

La expresión de Nicolás se volvió impenetrable.

—Mientras mi equipo de estilistas te convertía en la reina de esta fiesta, mi equipo de seguridad hizo su trabajo —declaró él, sin un ápice de remordimiento por la invasión a su privacidad—. Emma Castellanos. Veintitrés años. Asistente administrativa con un sueldo miserable. Tu padre te dio la espalda para meter a su amante en casa, provocándole un infarto a tu madre, quien ahora está en cuidados intensivos en el Mount Sinai. Necesitas doscientos cincuenta mil dólares para la próxima semana, o la trasladarán y morirá.

A Emma se le heló la sangre.

Que un completo desconocido desglosara su tragedia personal con tanta frialdad la hizo sentir desnuda y vulnerable, pero se obligó a mantener la dignidad en alto.

—Investigaste mi vida en menos de dos horas —espetó ella, apretando los puños.

—Es mi trabajo saber con quién me asocio —replicó Nicolás, dando un paso hacia ella para acortar la distancia—. Y por eso, te ofrezco un contrato.

—¿Un contrato?

—Yo pago los doscientos cincuenta mil dólares al hospital mañana a primera hora. Además, financiaré cualquier estudio o proyecto que quieras emprender —ofreció Nicolás, mirándola fijamente—. A cambio, firmas un acuerdo de confidencialidad y sigues siendo mi pareja pública durante seis meses. Asistirás a eventos, sonreirás para las cámaras y mantendrás a mi familia convencida de que estoy a un paso del altar para que me dejen en paz. Serás intocable. Nadie, ni tu padre ni ese cobarde de tu ex, volverá a mirarte por encima del hombro.

Emma se quedó paralizada.

Doscientos cincuenta mil dólares. La salvación de su madre, servida en bandeja de plata. Era la solución a todas sus pesadillas. Solo tenía que decir que sí y su vida entera cambiaría para siempre.

Pero entonces, la realidad de la propuesta la golpeó.

Nicolás Altamirano no la estaba salvando; la estaba comprando. Quería usarla, justo como Rodrigo había intentado usarla a ella y luego a Leah por dinero.

Un calor intenso y lleno de rabia le subió por el pecho. Se negó a ser una transacción más en la vida de un hombre rico.

—¿Crees que puedes ponerle precio a mi vida y comprarme como si fuera una de tus empresas en quiebra? —preguntó Emma, y su voz no tembló.

Nicolás frunció el ceño, desconcertado por primera vez en toda la noche.

—Es un negocio, Emma. Es la solución a tus problemas. Todos ganamos.

—Yo no soy un estúpido negocio —escupió ella, cortando la distancia y mirándolo con un fuego en los ojos que lo dejó sin aliento—. Hoy sobreviví a un cobarde que me mintió y me desechó por dinero. No voy a convertirme en el títere comprado de un ególatra esta misma noche.

Nicolás abrió la boca, pero ella no le dio tiempo a replicar.

—Quédate con tu dinero, Nicolás Altamirano. Salvaré a mi madre por mi cuenta, sin venderme a nadie.

Emma se dio media vuelta y caminó hacia la salida de la terraza, con la espalda recta y sus tacones resonando con fuerza, dejándolo completamente solo en la oscuridad.

Nicolás no intentó detenerla. Se quedó ahí, inmóvil, observando cómo Emma desaparecía por la puerta.

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