Capítulo 70. No voy a perder.
Al caer la tarde, el sol bañaba con una luz cálida y dorada la habitación de los niños en la casa de Emma.
Era un espacio que ella había decorado con sus propias manos durante esos seis meses de soledad, lleno de tonos pastel y detalles delicados.
Ahora, por fin, el cuarto cumplía su propósito.
Los mellizos descansaban en sus respectivas cunitas, respirando con esa suavidad hipnótica de los recién nacidos.
Emma estaba sentada en el cómodo sillón de lactancia, observando la escena con el corazón