Capítulo 18. La señora Altamirano.
Días después…
El contrato estipulaba una sola condición innegociable: engendrar un hijo.
Y desde aquella noche en los Hamptons, Nicolás y Emma cumplían con esa obligación con una puntualidad religiosa.
Cada noche, sin falta, la enorme cama de la mansión se convertía en un escenario de sudor, gemidos y una intensidad salvaje.
Ambos se escudaban bajo la excusa del deber, negándose a admitir que la química entre ellos era una adicción que los estaba consumiendo.
Esa mañana, en el elegante vestíbul