A pesar del caos que se avecinaba, esa tarde hubo un momento de calma. Paz y Oliver caminaron por los jardines de la Recoleta con el pequeño Bastian Justiniano, que intentaba perseguir a las palomas.
—Prometimos que aquí no habría fantasmas, Oliver —dijo Paz, suspirando. —Y los venceremos, Paz. Esta vez no me ocultaste nada, y yo no te ocultaré nada a ti. Somos un equipo.
Mientras tanto, en el piso de arriba, Alice dibujaba a Mía descansando. Las gemelas se movían en su vientre, y Mía sonreía.