De vuelta en el restaurante, Sebastián estaba a punto de invitar a Mía a un viaje de fin de semana a Londres.
—Mía, creo que lo nuestro es...
¡CRASH! Julián, en su afán por escuchar mejor, se había inclinado tanto que su silla cedió, cayendo hacia atrás y arrastrando la mesa, la sopa de cebolla y su sombrero ridículo.
Mía se levantó, mirando al hombre despatarrado en el suelo con las gafas de lectura torcidas.
—¿Sterling? —preguntó Mía, cruzándose de brazos con una mezcla de furia y una risa qu