Las garras de Ilayen amenazaron con salir. La rabia en su interior era tan que solo contaba los segundos para terminar con su padre. Pero apresurar el plan era ponerse la soga al cuello. Debía esperar, y a faltaba poco. Sin embargo, era duro.
Sus pulgares rozaron por debajo de los orbes de ella, tan suave como una caricia.
-¿Te duelen?- preguntó él con la voz apretada.
Asya no pareció conmocionada.
-Ya no- respondió ella de forma lineal- No recuerdo mucho de lo que pasó en ese momento. El alfa