La bruma del amanecer se deslizaba sobre los campos de Normandía como un velo húmedo. Desde la ventana del piso alto de la posada, Eleanor observaba el paisaje aún dormido, envuelta en una manta de lino. Los pájaros despertaban entre los manzanos en flor, y el rumor del mar llegaba desde la distancia, leve y constante, como si el mundo respirara por fin en calma.
A lo lejos, el humo blanco del hogar de algún campesino ascendía entre la niebla. Por un instante, se permitió creer que todo había t