El ocaso tiñó de cobre los campos de Normandía.
El carruaje de Gabriel y Eleanor avanzaba despacio por un camino bordeado de álamos desnudos, hasta detenerse frente a una posada pequeña, con tejas oscuras y humo saliendo de la chimenea.
El cartel, gastado por la lluvia, apenas dejaba leer el nombre: Auberge du Silence.
Dentro, el calor del fuego y el aroma de pan recién hecho los envolvieron como una promesa. No había soldados, ni espías, ni mensajes cifrados. Solo el crepitar de la leña, el m