El invierno había dejado una pátina gris sobre los tejados de Bruselas. En las calles, los comerciantes ingleses hablaban con cautela, los soldados bebían demasiado y las damas francesas sonreían sin fe. Nadie lo decía abiertamente, pero todos lo presentían: la paz era un cristal fino que podía romperse al menor golpe.
Eleanor lo sentía en el aire, en la forma en que la ciudad entera parecía contener la respiración.
Llevaban ya tres meses allí, en una pequeña casa con jardín cerca del Sablon, b