En las oficinas del fiscal de distrito, en Manhattan, Nueva York, el silencio era un manto pesado en el despacho, roto solo por el suave zumbido de los servidores y el tecleo frenético de Isaac Vance sobre el teclado de su laptop.
Vestía su habitual camisa blanca y arrugada con la corbata aflojada mientras el reloj marcaba las dos de la mañana, ni siquiera se había querido ir a su casa hasta no hallar algo concreto. Su rostro, iluminado por el resplandor de seis monitores, mostraba una tensión