El cristal roto en el suelo de la cocina era el único testigo de la explosión de rabia y deseo. Tariq y Eleanor se quedaron separados por la encimera, el aire todavía vibrando con la fuerza del beso prohibido y la amenaza helada de Fátima.
— ¿Tres horas? ¿Y me pides que desaparezca? — La voz de Eleanor era un hilo de seda, pero contenía una dureza de acero. El sabor de Tariq aún estaba en sus labios, una prueba de que, si se quedaba, la destruiría de una forma mucho más profunda que la bancarro