Tariq Al-Farsi estaba de pie en el centro de su despacho, el amanecer de Nueva York pintaba su rostro con un tono grisáceo producto del insomnio. No había dormido.
El recuerdo del pergamino y de la leyenda se había incrustado en su mente como un fragmento de vidrio.
— Hori. Asha. Apep. — Fue nombrándolos lentamente, como si al pronunciar esos extraños y viejos nombres pudiera descifrar el enigma.
— La traición, vendrá de la envidia, de mi propia sangre. ¿Pero qué significa? ¿Es mi propia famili