El rugido de las llamas devorando el "Esqueleto del Gigante" llenaba el aire, un eco ensordecedor de la ira de Lucas. El humo, denso y acre, se elevaba en espirales negras hacia el cielo de Londres, un faro de destrucción visible a kilómetros. Lucas, con Elena a su lado, se arrastraba por el suelo, el calor de la explosión abrasando sus espaldas. Los gritos de los hombres de Francesco, heridos o muertos, se mezclaban con el crepitar del fuego.
—Tenemos que irnos —dijo Elena, su voz ronca por el