A la mañana siguiente, Mateo recibió una llamada de su padre a las 7:15.
Estaba en la cocina preparando café cuando el teléfono vibró. Miró la pantalla, frunció el ceño y contestó.
—Dime.
—Esta noche, 20:00, en la casa de Polanco —dijo don Héctor sin preámbulos—. Tu madre, los Mendoza y yo estaremos allí. Quiero que vengas. Solo.
Mateo miró a Sofía, que estaba sentada en la isla de la cocina con una taza de té de manzanilla, todavía con su camisa puesta.
—No voy solo —respondió con voz fría—. L