Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, Mateo recibió una llamada de su padre a las 7:15.
Estaba en la cocina preparando café cuando el teléfono vibró. Miró la pantalla, frunció el ceño y contestó.
—Dime.
—Esta noche, 20:00, en la casa de Polanco —dijo don Héctor sin preámbulos—. Tu madre, los Mendoza y yo estaremos allí. Quiero que vengas. Solo.
Mateo miró a Sofía, que estaba sentada en la isla de la cocina con una taza de té de manzanilla, todavía con su camisa puesta.
—No voy solo —respondió con voz fría—. Llevaré a Sofía.
Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea.
—Mateo, no seas ridículo. Esta reunión es para resolver el tema del matrimonio. No es lugar para…
—Entonces cancela la reunión —lo interrumpió Mateo—. Porque donde yo voy, Sofía va. Y si no te gusta, podemos resolver todo por teléfono ahora mismo.
Don Héctor suspiró, claramente molesto.
—Está bien. Trae a tu… novia. Pero que sepa que esta noche se decide el futuro del grupo. Y el tuyo también.
Colgó.
Mateo dejó el teléfono sobre la mesa y miró a Sofía.
—Esta noche —le dijo— vamos a casa de mi padre. Los Mendoza también estarán allí. Quieren presionarme para que acepte el matrimonio.
Sofía sintió que se le apretaba el estómago, pero levantó la barbilla.
—Voy contigo.
—No tienes que…
—Voy —repitió ella, firme—. Ya no quiero que pelees solo contra tu familia. Soy tu novia ahora. Oficial. Y si van a atacarte por estar conmigo, entonces que me vean. Que sepan que no voy a huir.
Mateo la miró durante un largo segundo. Luego sonrió —esa sonrisa rara, suave, que solo le salía con ella— y la atrajo hacia sí.
—Eres increíble —murmuró, besándole la frente—. Y esta noche… vas a estar a mi lado. Como mi novia. Como mi elección.
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A las 19:45, el coche negro se detuvo frente a la mansión de los León en Polanco. La casa era enorme, estilo colonial, con jardines perfectamente cuidados y luces que iluminaban la fachada como un museo.
Sofía bajó del coche con un vestido negro sencillo pero elegante que Mateo le había comprado esa misma tarde. Llevaba el cabello suelto y una pulsera que le había regalado Lupita. Parecía nerviosa, pero también decidida.
Mateo le tomó la mano y la apretó.
—Respira —le susurró—. Estás conmigo. Nadie te va a tocar.
Entraron juntos.
La sala principal estaba iluminada con luces cálidas. Don Héctor León estaba de pie junto a la chimenea, con una copa de whisky en la mano. A su lado, doña Elena (la madre de Mateo) y los señores Mendoza con su hija, Valentina, que vestía un vestido rojo ajustado y sonreía con suficiencia.
Cuando Mateo y Sofía entraron tomados de la mano, el ambiente se tensó de inmediato.
—Buenas noches —saludó Mateo con voz calmada pero firme—. Padre, madre… señores Mendoza. Esta es Sofía Mendoza, mi novia.
Valentina soltó una risa corta y desagradable.
—¿Novia? Qué tierno. ¿Y desde cuándo los CEOs de grupos multimillonarios tienen “novias” en vez de esposas convenientes?
Mateo la miró con frialdad.
—Desde que encontré a alguien que vale más que cualquier fusión.
Don Héctor dio un paso adelante.
—Hijo, sé razonable. Esta fusión nos da acceso a puertos y logística que necesitamos. Los Mendoza están dispuestos a invertir trescientos millones. ¿Vas a tirar todo eso por una chica que conociste hace menos de un mes?
Sofía sintió que le subía el calor a las mejillas, pero no soltó la mano de Mateo.
Mateo miró a su padre directamente a los ojos.
—Sí —respondió sin dudar—. Voy a tirar todo eso. Porque prefiero perder el imperio que perderla a ella. Y si insistes en este matrimonio, entonces renuncio. Hoy mismo. Puedes quedarte con todo. Yo me quedo con ella.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Doña Elena fue la primera en hablar, con voz más suave:
—Mateo… ¿estás seguro de esto?
—Más seguro que de cualquier cosa en mi vida —respondió él, mirando a Sofía con una intensidad que hizo que ella se le llenara los ojos de lágrimas.
Valentina se levantó, furiosa.
—Esto es ridículo. ¿Crees que puedes humillarnos así y salirte con la tuya? Mi padre no va a quedarse de brazos cruzados.
Mateo la miró con una sonrisa fría.
—Que haga lo que quiera. Yo ya elegí.
Tomó a Sofía de la mano y se giró hacia la salida.
—Esta reunión ha terminado. Buenas noches.
Cuando salieron de la mansión, Sofía seguía temblando un poco. Mateo la abrazó en el coche antes de arrancar.
—Estás temblando —murmuró, besándole la sien.
—Tenía miedo —admitió ella—. Pero también… estaba orgullosa. De ti. De nosotros.
Mateo la miró con una expresión que ella nunca le había visto: amor puro, sin filtros.
—Esta noche —le dijo, arrancando el coche— vamos a casa. Y voy a hacerte el amor hasta que olvides todo lo que te da miedo. Porque nada ni nadie va a separarnos. ¿Entendido?
Sofía sonrió, con lágrimas en los ojos.
—Entendido.







