122: Recuerdos que se quedan en el pasado
Cuando mi tío miró que nos acercábamos en compañía de la nana fue que pude ver en sus ojos un pavor tan grande como el asco que le tenía.

—Fernando —miré a un anciano acercarse a él mientras se apoyaba en un bastón—, en serio tienes que dejar de dar tantos problemas, no entiendo cómo es que estuviste en prisión por algo tan horrible como de lo que te acusaban.

—Es porque de lo que se le acusaba es la mera verdad —respondí y aquel hombre se dió la vuelta—. Hola, abuelo. Es un gusto conocerte fin
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