Las semanas posteriores al sismo fueron una mezcla de dolor físico y una extraña plenitud. Mi cuerpo sanaba bajo la mirada vigilante de Noah, quien se había tomado mi recuperación como una misión personal de alto secreto. A pesar de sus responsabilidades como Capitán y las constantes misiones de reconocimiento tras el desastre, Noah nunca estaba a más de un grito de distancia.
Esa tarde, el sol empezaba a caer, pintando de naranja los hangares. Yo ya caminaba con paso firme, aunque todavía sent