Narrado por Noah
El sobre con el sello dorado de los Gallardo seguía sobre mi escritorio, sepultado bajo un montón de informes de patrulla y mapas tácticos. Lo miré de reojo un par de veces, reconociendo el veneno que emanaba de ese escudo de armas, pero decidí que hoy no. Hoy el mundo podía arder, Dylan podía enviar mil cartas, y yo simplemente las usaría para encender una hoguera. Por primera vez en meses, me sentía ligero. Feliz. Una palabra que no solía rimar con mi uniforme.
Caminé por el