El mundo de Emma se reducía, en ese primer instante de consciencia, a la calidez de la mano de Noah. Sus ojos miel, aún nublados por los sedantes y el rastro del trauma, buscaron los del Capitán con una urgencia que me hizo olvidar cómo respirar. Intentó hablar, pero su voz era un rasguño seco contra su garganta. Me apresuré a retirarle la máscara de oxígeno un centímetro para que pudiera formar las palabras.
—El... el niño... —susurró Emma, y su primera preocupación, fiel a su esencia, no fue