El sonido de las puertas del quirófano abriéndose fue como un disparo en el silencio sepulcral del pasillo. Me puse en pie de un salto, ignorando el calambre que recorría mis piernas tras horas de espera en una silla de plástico. Ariel salió primero, quitándose la mascarilla con un gesto de agotamiento extremo. Tenía las ojeras marcadas y la bata salpicada de un rojo que me revolvió el estómago.
—Está viva —fue lo primero que dijo, y sentí que mis pulmones volvían a funcionar después de una ete