La luz de la mañana entraba con una claridad hiriente en la habitación de la UCI. El pitido del respirador mecánico finalmente había cesado; Ariel le había retirado la intubación hacía apenas una hora, confiando en que sus pulmones, aunque cansados, recordarían cómo trabajar por sí solos. Emma ahora respiraba por su cuenta, con una máscara de oxígeno cubriendo su nariz y boca, pero sus ojos permanecían sellados bajo ese sueño profundo que parecía una frontera inexpugnable.
Al otro lado de la co