En ese preciso momento de profunda e íntima conexión, el radar de la cabina emitió una serie de pitidos agudos y rápidos rompiendo todo el ambiente de dolorosa confesión.
Darío, limpiándose el rostro con la manga de la chaqueta, se puso de pie de un salto y su instinto profesional se activó al instante.
— ¡Maldita sea! — Casi escupió, lleno de rabia, ni siquiera tenía el derecho de llorar su estúpida mala suerte, sino que hasta en ese momento en el que había decidido hacer lo más difícil para u