El motor del suburban graznaba una queja ronca, el impacto en el viñedo de la Toscana había doblado el parachoques delantero, y cada giro hacía que el chasis crujiera como dos cuchillos de acero viejo frotándose hasta el límite.
Dario no se atrevía a superar los cien kilómetros por hora, no por la policía local, a la que muy seguramente podía manejar, sino por los hombres de Greco, que ahora sabían exactamente de lo que era capaz.
La adrenalina que había propulsado a Dario a través de la violen