La espera se había convertido para ambos en una cámara de tortura emocional, la nueva mesa que se había instalado estaba abarrotada de planos del Vaticano, drones de reconocimiento miniaturizados y, curiosamente, una maleta de maquillajes profesionales y tintes de cabello.
Dario estaba de pie, con los brazos cruzados, observándola con una frialdad que helaba la sangre, desde la revelación de Gracia Mancini, no había vuelto a tocarla, ni siquiera a mirarla directamente a los ojos, la evitaba com