Mi mano reposaba con una posesividad aún más profunda, densa y consciente sobre el vientre ligeramente abultado de Madeline. Esta vez, el gesto no constituía un escudo desesperado contra el trauma residual o los fantasmas de la guerra del Norte; era la promesa viva y latente de un futuro construido enteramente sobre el deseo mutuo y la libertad de nuestras elecciones. Elías había confirmado la noticia tras un examen exhaustivo en la intimidad de los aposentos: venía un segundo hijo en camino.
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