Las semanas posteriores al emotivo bautismo de Kael se asentaron gradualmente sobre el territorio en una quietud doméstica y una armonía que eran, en sí mismas, casi un milagro biológico y político. La suite presidencial, que en el pasado había sido el epicentro de mis peores temores y de una vigilancia sofocante, se sentía ahora como un nido verdaderamente sagrado. La manada entera se había calmado tras el despliegue de autoridad en el Gran Salón, las intrigas del Consejo se habían retirado po