La pesada espada de guerra había caído finalmente al suelo de madera con un eco metálico que pareció disipar los últimos restos de la tormenta. La sangre seca de Weide aún manchaba de forma espantosa las placas oscuras de mi armadura, un recordatorio mudo de la carnicería en el Norte, pero en mis manos, que temblaban levemente por el remanente de la adrenalina y el agotamiento, solo sentía el calor puro, vivo y reconfortante de la cara de Madeline. Había regresado de las garras de la muerte. Y