El sabor del beso aún ardía con una intensidad abrasadora en mis labios, marcando un antes y un después definitivo en el aire denso de la sala. No había sido, ni de cerca, el roce frío, calculado y distante de la fachada que nos habíamos esmerado en construir durante tantos meses de desconfianza recíproca. Había sido una declaración de guerra absoluta, irrevocable, sellada con el fuego del reclamo místico ante los ojos de todo mi consejo. Delante de los Betas más veteranos, de los Gammas curtid