El abrazo no duró más de un segundo exacto, pero quemó de forma permanente mi memoria. No se había tratado en absoluto del afecto suave, cálido o consolador de un Mate real, sino de la presión asfixiante de un depredador Alfa que protege con uñas y dientes a su presa. Era un acto de posesión total y absoluta, impulsado desde las sombras por el pánico visceral a perder su preciada "arma" de guerra política.
Cuando Xavier me soltó de golpe, su rostro era una alarmante mezcla de rabia contenida y