El Salón de Recepción era una auténtica prisión de alta seguridad, meticulosamente bien iluminada para la ocasión. Cada vela de cera pura que ardía en los candelabros de plata, cada reflejo nítido sobre la superficie pulida de la larga mesa de caoba, parecía diseñado con el único propósito de exponer públicamente la verdad física de Madeline. El vestido de seda esmeralda profunda que yo mismo le había ordenado usar acentuaba la pronunciada curva de su vientre con una crueldad que yo consideraba