El roce de la mano de Xavier en mi vientre todavía me quemaba la piel a través del traje de lana crema, como un rastro de fuego invisible que se negaba a apagarse. No había sido en absoluto el toque posesivo, tosco y cruel de la noche anterior, sino un reflejo puro, automático; un instinto animal de Alfa protegiendo de forma biológica la vida que había sentido latir con nitidez bajo su palma abierta. Ese preciso momento de pura reacción orgánica me ofreció una verdad terrible y devastadora: su