El olor. El maldito, penetrante y nítido olor a leche tibia y a dulzor espeso, a vida naciente y a rastro metálico, me había seguido de forma obsesiva desde que crucé el umbral de su habitación de servicio. Toda mi estructura militar se tambaleaba ante la revelación. Había creído ciegamente en la fachada de su trauma, en la supuesta debilidad física de la Omega desterrada, en la inestabilidad biológica del Vínculo. Me había humillado a mí mismo frente a su fragilidad y le había jurado solemneme