Dante bajó la mirada un segundo, luego la volvió a levantar. Esa sonrisa que tenía, le decía cualquier cosa a Valentina, era peligrosa, pero debía aparentar que no se dejaría intimidar.
— ¿Y el contrato que tenemos?...
Valentina se quedó muda, se había olvidado de ese pequeño gran problema, el contrato que firmó cuando se encontró con Dante.
“esto no puede ser… Ahh, maldita sea el día que firme ese maldito contrato”, pensaba una y otra vez mientras lo veía fijamente.
Dante sonrió, como si la hubiera atrapado.
— De mí no te libras, princesa.
— No me llames así.
— ¿Y por qué no?...
— … Si serás, ya no te acuerdas de nada, carajo, por eso es que no me agradó volver a verte.
— Eso no es lo que dijiste en mi oficina… ¿O ya lo olvidaste?
— ¿Podrías olvidar eso?, vinimos a hacer un trato, que poco serio eres a veces.
— Es que no es mi culpa, puedes pedirme cualquier cosa, pero, tengo tu contrato firmado conmigo, querida… A eso, no le puedo simplemente decir que no.
Valent